Artículos de Opinión

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NO-MADEJA-DO
 
Sevilla está vivita y coleando

¿Está muerta Sevilla, como dice el pregonero Burgos? El articulista, que se esconde por no sabemos qué sorprendentes motivos personales de esa tradicional y popular parafernalia que se monta en las vísperas de la exaltación de la Semana Santa en el Maestranza, ha escrito que la ciudad no tiene vida. Además, arremete de forma especialmente contundente contra el histórico centro peatonalizado, donde están los monumentos más visitados del mundo mundial. Sevilla, como se dice popularmente, está vivita y coleando. Vivita, porque hay un ambiente fuerte en las zonas ajustadas al peatón, y coleando, porque donde hay un algo –léanse puertas abiertas de estamentos oficiales, exposiciones, conciertos hasta completar el aforo y visitas a monumentos situados en ese cogollo--, siempre se forman largas filas de personas curiosas y ávidas de saber, entender y disfrutar con el corazón y la cabeza.

Por Velázquez y Tetuán, que es el centro, hay muchas horas comerciales al día en las que si vas con prisas tienes que ir sorteando a la gente. En Sierpes, además de las colas que producen las continuadas convocatorias del Mercantil y del Labradores, en Ochoa se desayuna y se merienda casi a codazos y Elena Bernal vende más bisutería fina que los chalanes de los famosos chiringuitos del aserrín del tradicional mercadillo del Jueves de la calle Feria. Por poner unos sencillos ejemplos.

En la avenida del tranvía de la Mortaja hay atracciones fijas mañana, tarde, noche y .... Gitanos por bulerías por delante de Filella y violinistas y acordeonistas colocados en paralelo a todo lo largo de las catenarias. También crean espectáculo gratis al aire libre muchos grupos de mimos, saltimbanquis y las tancreadas estatuas humanas pintadas a mano. Todos ellos con un enorme poder de convocatoria entre turistas y ciudadanos. En la tienda del Fbnc se congregan cientos de jóvenes; en el Catunambú esquina a García Vinuesa están llenas las mesas y a tope la barra para el café de la mañana, el de la merienda de la tarde y el bocadillo nocturno; lo mismo que la antigua Punta del Diamante sin Santiago Montoto y Daniel Pineda; las bicicletas son ahora para la avenida en verano, invierno y para esta primavera de Sevilla que va sobre dos ruedas; en la esquina del Bar Correos se agotan cada día los helados de la Ibense-Bornay y la Puerta de Jerez, que antiguamente era sólo para el tránsito rodado y los flemáticos guardias que con sus gestos y vallas impedían el paso de los coches particulares al centro, se ha convertido actualmente en lugar vistosamente iluminado y enriquecido urbanísticamente para disfrutar en los bancos de unos momentos de descanso, de la tertulia con viejos y nuevos amigos y de la cita jubilosa de los grupos jóvenes y “jóvenas”.

Me pellizco con fuerza para saber si al escribir este derecho de réplica estoy soñando o las catenarias no me dejan ver ese negro bosque que pinta el popular articulista. Pero abro bien los ojos y contemplo la espléndida realidad. No está muerta la ciudad de Sevilla, como escribe el pregonero Burgos. No hay más que dar un paseo desde el Duque hasta la Puerta de Jerez--incluyendo un obligado parón en la acogedora Plaza Nueva--, y mezclarse con el bullicioso ambiente. La ciudad está más viva que nunca. Sobre todo, ahora, en esta anticipada primavera que únicamente se vive y se disfruta en Sevilla.

Fernando Gelán

 
Un mojamé que jamás jamará jamón...

Con este el lío del montepío de la mezquita en Sevilla le deberían preguntar al prelado hispalense, el cardenal Amigo Vallejo que fue obispo en Tánger y que se dio a conocer en Sevilla cuando un día cogió el barco y se plantó en Sevilla desde el norte de Marruecos para abrigarse en el Buen Fin con el báculo “magefesa”, si es partidario del discutido proyecto. A lo mejor le abre las puertas del primer templo metropolitano a los “morancos” como a los nazarenos del Polígono San Pablo.

Sevilla está llena de monumentos de la época de los moros. La misma Catedral fue mezquita. Y en tiempos no muy lejanos, se restauró la Buhaira, un palacio musulmán situado en la zona noble de Nervión.

Allí vive, cerca de este refugio árabe, el mojamé Ben Yessef, que ha pintado hasta el cartel de la Cabalgata de Reyes Magos del Ateneo, cuyo cortejo recorre las calles para repartir juguetes a los más pequeños, como cuando hace 2.000 años los verdaderos monarcas de Oriente le llevaron oro, incienso y mirra al Niño Jesús en el portal del Belén pastores.

En estos días, cuando el debate de “mezquita si o mezquita no” está en pleno lucha mediática, vendría bien la figura del recordado Emilio El Moro, que en el desaparecido San Fernando o en el Cervantes, con la compañía del inolvidable Juanito Valderrama –casi siempre iba el melillense en este espectáculo--, cantaba a la guitarra y por lo bajini, con chilaba y turbante, aquello de Jamás jamarás jamón de pata negra.

El mojamé Félix Machuca, que era en su juventud muy progre y revolucionario, escribe en el periódico de pequeño formato que los moros son muy malos con los paisanos que pierden aceite y con las mujeres llenas de velos menos por la parte que se ve el bosque de Transilvania.

Charadas aparte, hay que estar con los pies en el suelo y darse unos pellizquitos porque estamos en el siglo XXI. Aquí, en Sevilla, a pesar de los pasopalios, el barco de los Panaderos, el caballo del romano de la Esperanza de Triana, la Centuria Macarena marcando el paso de la Sentencia y el pregón cofradiero de Antonio Burgos para el 2008, que fue otro proge revolucionario que escribía de batallitas antifranquistas en el desaparecido Triunfo y los discursos de Rojas Marcos, que era algo así como un bererebe del Atlas Mayor en Sevilla –aquí, nos conocemos todos--, hay una mezcla de sangre tartésica, romana y musulmana, con el rebujito de la reconquista de Fernando III el Santo, que llegó a vestirse de mojamé para unir a los dos pueblos.  Yo tengo la foto del histórico grabado que causaría sensación al tío del bigote.

En Sevilla hay mucha hipocresía. Es un vicio muy generalizado. Pocos articulistas son capaces de escribir con tanta saña y furor sobre ciertos temas que se consideran tabús en esta Sevilla de nuestros amores. Se castiga siempre al que se puede herir fácilmente. Tirando la piedra y escondiéndose cobardemente tras las siglas de un medio. No hay valor suficiente para tocar otras cuestiones ciudadanas que son mucho más graves –si yo te contara Félix--, porque entonces jamás se jamará el jamón de pata negra.

Fernando Gelán

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Con motivo del descarrilamiento del tranvía o metrocentro, el periodista Antonio Burgos, que ha sido designado pregonero de la Semana Santa , escribió un artículo en ABC de Sevilla diciendo que no conocía que existiera el término “espadín”. Hacía referencia el autor de las cabañuelas a la espada de Damocles y a la “tizona” que luce el concejal de turno en la fiesta de San Clemente, que antiguamente recorría las gradas de la Catedral.

Burgos confiesa que no tiene la menor idea de la existencia del espadín. Esta aseveración delata que el escritor en su juventud nunca bebió cerveza en Baturones y, si me aprietan, ni tampoco en el Gran Britz de la calle Tetuán, que estaba en pleno centro de Sevilla, gozó de las delicias del líquido espumoso.

Burgos debería haberse puesto en contacto, antes de exponer su desconocimiento, con Julio Cuesta, responsable de la Fundación Cruzcampo. Cuesta, que es además tesorero del Consejo General de Hermandades, le hubiese mostrado en el museo de la histórica fábrica los espadines que se utilizaban para tirar la cerveza desde el barril de turno. A lo mejor, Burgos, aclara lo del “espadín” en el pregón del Maestranza, porque este artilugio se ha utilizado muchas veces en los “pescaítos” organizados en las Casas de Hermandad, donde se instalaban barriles con salmuera para meter el “espadín”.

De todas formas, según el diccionario, “espadín” es lo que llevan muchos militares con el uniforme. Sobre todos los que pertenecen al Ejército del Aire, que no necesitan mandobles parael atuendo como los militares de Tierra.

No es de extrañar que el moderno tranvía del centro de Sevilla tenga un artefacto que funcione con una pieza parecida al histórico “espadín” de la Cruzcampo. Si Pancho Bautista estuviera aún al loro seguro que se ponía a rodar una película con los Morancos bajo el título de “El espadín del metrocentro”.

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Sevilla al día (histórico)
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